Tendencias de consumo cultural

Tendencias de consumo cultural
Ara.cat, 14 Ago 2011 Xavier Marcé reflexiona sobre la necesidad de la planificación estratégica en el sector de la cultura y propone la creación del Observatorio de la Cultura.

Poco a poco la crisis económica se convierte en paradigma de la normalidad. En poco más de dos años nos hemos acostumbrado a utilizar de manera cotidiana conceptos que, a lo largo de un decenio entero, tenían una clara connotación coyuntural: reducciones salariales, control de gastos, ajustes financieros, morosidad, etc. Quizás saldremos más fuertes de la crisis, o quizás no saldremos y nos quedaremos como si fuera una manera de vivir.

Lo que es cierto es que dinero hay y que la capacidad de ahorro global del sistema no ha bajado. Cosas psicológicas y ritmos propios de la constricción del consumo. El mundo del espectáculo, por ejemplo, ha incrementado las ventas de entradas: hay más gente que va al teatro o a conciertos. Seguramente entrando al detalle observaríamos cambios en el modelo de consumo y una tendencia creciente a asistir a propuestas más comerciales, más ligeras, menos complicadas. Esto también lo tienen las crisis globales, una voluntad general de buscar momentos de olvido, pequeños paraísos que nos liberen de los problemas cotidianos. Se trata de un conflicto de adaptación que afecta a algunos sectores con poco valor de sustitución. La gente quiere ir a ver algunos espectáculos e importan poco el precio o la renta disponible, del mismo modo que cuando la gente no quiere ir a verlos, ambas variables se comportan de manera inversa.

Las tendencias de consumo se marcan de manera irreflexiva. A veces de la mano de modas generales o de impulsos estéticos, a veces son un reflejo de la situación socioeconómica, pero una vez fijadas cuesta mucho cambiarlas.

Todo ello podría relativizarse si el mapa de los contenidos culturales que nos afecta, y sobre el cual se establecen las pautas de consumo de los catalanes, se decidiera en Cataluña. Resulta, sin embargo, que somos un país muy activo en la producción cultural pero con una cuota de mercado minoritaria. Es decir, producimos mucho pero somos escasamente consumidos por los catalanes. La razón es sencilla: la gran autonomía conceptual de las productoras de contenidos culturales catalanas no está acompañada de similar fortaleza económica. Esto nos convierte en un país dependiente de las ayudas públicas, las cuales ponen su acento en la producción dejando de lado una cuestión más compleja y costosa como es la distribución.
Esta debilidad del sistema cultural catalán sólo se puede corregir con apuestas estructurales a largo plazo, y para hacerlas hay que disponer de mucha información. La distribución, como bien saben las empresas catalanas que lo han intentado en el cine, demanda grandes inversiones y pactos globales a la vez que una extrema habilidad para minimizar los errores, dado que una sola equivocación muy importante puede hundir un proyecto construido con años de paciencia y trabajo.

El esfuerzo empresarial y una habilidosa inyección de créditos públicos son imprescindibles para afrontar este problema. Pero, tan decisivo como esto es el hecho de disponer de una oficina de información y análisis de las industrias culturales.

En los últimos años hemos hablado repetidamente de lo que conviene a nuestro sistema cultural y siempre sale una cuestión trascendental que no tendría que ser nada difícil de asumir con rapidez y eficacia: el observatorio de la cultura.

Saber qué interesa a los catalanes, interpretar correctamente sus hábitos de consumo, analizar los datos de asistencia a todo tipo de actividades, conocer con detalle el marco real de sostenibilidad de las empresas catalanas nos ayudaría a tomar decisiones y orientaría el marco normativo de las políticas culturales de la administración pública.

No pocas veces las cifras frías o calientes, las estadísticas culturales o simplemente las evaluaciones de resultados se han convertido en una herramienta para justificar a posteriori decisiones tomadas al azar. Siempre es una mala política, a pesar de que en tiempo de bonanza sea aparentemente más aceptado. En momentos de sequía económica, y sobre todo en momentos de transformación cultural, la información veraz se convierte en un instrumento insustituible para la buena gobernanza.

ara.cat

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